APOLOGÍA DE UNA CIUDAD
Por Luis Alberto Arista Montoya*
Dentro de la estrategia colonial hispánica de fundación de ciudades, la fundación de Lima en 1535, a cargo del conquistador Francisco Pizarro fue tres años antes de la fundación de Chachapoyas en 1538, a cargo de Alonso Alvarado uno de los capitanes preferidos de Pizarro.
Ambas urbes son “viejas ciudades” o “antiguas ciudades”. De ahí nuestra propuesta de denominar, a nivel histórico-turístico, a nuestra querida tierra como “Antigua Chachapoyas”. Su antigüedad le otorga clase.
Lima se asentó en el valle del Rímac sobre el sitio arqueológico- monumental de la etnia preincaica de Lima/Maranga. Tuvo construcción nativa previa. En Cambio, Chachapoyas se construyó en una meseta conocida como Las Lagunas (pues habían muchas pequeñas lagunas, de ahí el nombre de La Laguna de uno de sus tradicionales barrios), donde las etnias nativas no dejaron construcciones previas (huacas), aunque después los arqueólogos descubrieron una que otra pirca de piedra perteneciente a la etnia Huancurco, poco monumental. De ahí que entre las huestes de Alvarado se produjera el reparto de terrenos a manera de solares cuadriculados teniendo como punto central de referencia una cierta plaza mayor con un imaginado damero (extensión de autenticidad arqueológica e histórica).
En los actuales tiempos revueltos de restauración los arquitectos debieran tener en cuenta estos datos. Por lo que gloso algunas ideas de Héctor Velarde, ilustre arquitecto peruano, cuya obra Arte y Arquitectura (octubre 1966) debe ser consultada obligatoriamente.
Lima [Chachapoyas] como todas las viejas ciudades, puede asimilarse a un círculo con su centro espiritual. El centro, como en geometría, no crece, no debe crecer, porque entonces dejaría de existir, lo que crece es el círculo, lo que se hace alrededor de ese centro…Y eso está muy bien.
En cuanto al centro mismo, el pequeño núcleo arqueológico de la ciudad, lo que llaman con mucha razón el damerito de Pizarro [o de Alvarado], hay que defenderlo como referencia y máxima autenticidad histórica-urbana. Podrían hacerse algunas observaciones:
No alterar la planimetría, escala y ritmo del damerito conservando todo lo que valga la pena y construyendo, en arquitectura contemporánea, lo que fatalmente debe desaparecer, pero, eso sí, modificándose el Reglamento de Construcciones para evitar la cacofonía y la ruptura de la unidad urbana en las zonas tradicionales.
Los monumentos histórico-artísticos no solo valen intrínsecamente sino, y esto es fundamental, por el espacio que los rodea. Eso es lo que hay que comprender y que no es cuestión de paralizar el centro de la ciudad sino, al contrario, darle su verdadero valor económico. Se deben hacer estudios exhaustivos, no para demoler, sino para conservar, restaurar sólida y bellamente ese centro. Eso es lo que manda la cultura, la historia, el cariño a la ciudad y la auténtica técnica urbanística. Para que nuestra ciudad sea apañadora.
¿No se podría, si aún es tiempo, detener la furia de restauraciones importadas, rápidas e improvisadas en nuestra Plaza Mayor de Chachapoyas? Que el Colegio de Arquitectos de Amazonas tome la iniciativa (no basta tomar la palabra) frente a la incuria de autoridades que no saben defender el corazón de la ciudad.
Y parafraseando al maestro Héctor Velarde tengamos que decir: no estamos ante “una Chachapoyas que se va” sino ante una Chachapoyas que la matan, lo que es muy diferente. Atentando contra su ser arquitectónico justo en un momento en que nuestra antigua ciudad comenzaba a pivotear el boom turístico, constituyéndose como punto de partida para que desde aquí los turistas puedan recorrer (premunidos de una buena información) las otras cinco rutas conducentes al bello Valle Sagrado de los Chachapoyas.
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*Exdirector Nacional del Instituto Nacional de Cultura. Profesor Investigador del Instituto de Investigación en Turismo de la Universidad de San Martín de Porres. Autor del libro: CHACHAPOYAS. Cocina Tradicional, Saberes, Tushpas, Saberes (2015. USMP)